En alguna sesión de Tutoría, fue planteada la siguiente pregunta ante un grupo de 25 chicos de tercer grado de Secundaria: “¿cuántos de ustedes permitirían a sus padres, ver el contenido en su totalidad de sus teléfonos celulares?”; sólo 7 levantaron la mano. A mayor grado de escolaridad corresponde un menor número de quienes responderían favorablemente a una cuestión como estas.

Es inevitable generar polémica cuando se trata de distinguir entre la “privacidad” a la que podríamos asumir tienen derecho los adolescentes y en sí mismo el derecho que los padres tienen de conocer el mundo “informático” en el que se desenvuelven, más aún cuando se tiene la finalidad primaria de proteger.

Los riesgos a los que se está expuesto al ser usuario de un dispositivo celular, sin importar la edad, van en aumento y más aún cuando se trata de sacar provecho de la ingenuidad y en ocasiones el exceso de confianza propias de esta etapa de desarrollo, en la que los amigos y la necesidad de pertenencia obligan a que los jóvenes no sean muy objetivos que digamos, sobre todo al momento de decidir, que descargar, compartir, enviar, etc.

Una de las prácticas más recurrentes es la de “subir” fotografías a través de diversas aplicaciones, las cuáles pueden contener desde alteraciones con la finalidad de generar burlas o comentarios negativos, “memes”, insultos o acusaciones, hasta llegar incluso a desnudos parciales, totales o poses provocativas que pueden terminar, si no se cuidan lo suficiente, derivando en lo que se conoce como “sexting”, que será tratado en una colaboración posterior.

En esta especie de mundo en “la nube” en la que se vive actualmente, uno de los mitos más grandes que existe es el creer que al borrar un comentario, fotografía o conversación de contenido desagradable, inapropiado o comprometedor en el celular, este “desaparece”. Lo que sucede en realidad con estos contenidos que “eliminamos” es que solo dejan de ser visibles al usuario pero son comprimidos por el dispositivo y almacenados en una sección especial del mismo y no existe programa, “hacker” o especialista informático, que pueda eliminarlo.

Ante una denuncia o investigación por causa de un delito informático, la Policía Cibernética de la Ciudad de México, cuenta con equipos especializados que pueden ubicar estos contenidos “eliminados” en cualquier dispositivo, descomprimirlos y volver a hacerlos “visibles”, permitiendo con esto, determinar grados de responsabilidad en este tipo de ilícitos.

Aunado a esto, en las principales aplicaciones y redes sociales que se utilizan cotidianamente, el usuario que se registra, autoriza implícitamente que todos sus contenidos puedan ser utilizados indiscriminadamente, con lo que una vez que se hace “click” para “subir” prácticamente cualquier cosa, deja de pertenecer al usuario.

Pensemos por ejemplo en una frase ofensiva que un chico escriba en una red social, dirigida a cualquier persona en específico. Llegado el punto en el que comienza a considerar las repercusiones negativas que ha generado y decide “borrarla”, ya fueron miles de usuarios quienes visualizaron el comentario y basta con que el agredido haya realizado una toma de pantalla (“screenshot”), para poder presentar una denuncia ante las instancias correspondientes.

Por más que los padres de familia deseen respetar la “privacidad” de sus hijos(as), es una realidad que si ellos se niegan a que sus celulares sean revisados ocasionalmente y se visualicen sus contenidos, es muy probable que estén ocultando algo y es algo que en el mundo de los adolescentes no debe tomarse a la ligera, sobretodo en función de prevenir y protegerlos de quedar expuestos a un sinfín de peligros derivados del uso y el abuso de sus dispositivos.

Plática en el ISB el viernes 17 de Noviembre.

 

Profr. Armando González Sánchez

Coordinador de Secundaria